La romantización de la mediocridad

Ahí va un gran poeta

el más excelso romantico

Su letra es primavera

Huela a axila y tabaco

Hoy se bebió la renta entera

de su colchón en el atico

Sin un peso en la cartera

Balbusea con acento dramático

Busca una chica y bareta

En el corazón mismo del arte late una pregunta incómoda: ¿qué distingue la verdadera creación (esa que eleva el espíritu, exige maestría y sirve al propósito humano) de la mera pose que hoy se vende como “arte”? En un mundo donde la estética se ha vuelto moneda de cambio en redes y universidades, hemos permitido que la mediocridad se disfrace de profundidad. Y ningún arquetipo encarna mejor esta impostura que el poeta romántico: esa figura brumosa, egoísta y eternamente incomprendida que, en lugar de construir, se lamenta.

Pensemos en el personaje de El lado oscuro del corazón: el poeta que camina entre vapores de alcohol y autoadoración, convencido de que su “genio” lo exime de toda responsabilidad práctica. No produce nada útil para el ser humano —ni para sí mismo— más allá de versos que reducen la vida a una excusa para no actuar. Su talento, si acaso existe, se limita a adornar el fracaso con ritmo y rima. Y lo peor: esta caricatura no es solo un personaje de ficción. Se pasea por pasillos universitarios, por cafés literarios y por las pantallas de quienes se autoproclaman “intelectuales”.

Estos poetastros —y sus admiradores— han convertido la debilidad en virtud. El hedonismo sin disciplina, la vagancia disfrazada de sensibilidad, el egoísmo elevado a “incomprensión de su época”. Se presentan como almas torturadas porque “ven más que los demás”, cuando en realidad solo ven su propio ombligo. ¿Qué mérito real hay en juntar palabras con rima y métrica? ¿Acaso eso dota al ser humano de alma? La poesía, en su peor versión, no es más que mentira embellecida: un trozo de excremento bañado en chocolate y coronado con una cereza. Embellece la realidad para hacerla tolerable, pero en manos del mediocre la pervierte hasta hacerla irreconocible.

Peor aún: estos mismos seudo-intelectuales se creen superiores por “consumir literatura”. Como quien se atraganta de comida chatarra y luego presume de paladar refinado. ¿Qué diferencia existe, en términos reales de enriquecimiento humano, entre el lector que devora novelas de aeropuerto y la señora que pasa las tardes frente a la telenovela? Ninguna. Ambas buscan escapismo. Ambas evaden la responsabilidad de construir algo concreto. La única diferencia es el barniz cultural que el primero se pone para sentirse por encima.

Y aquí entra la comparación inevitable, esa que duele porque es certera: el poeta es la filosofía vestida de travestí, alcoholizada y despertando entre sus propios desechos. La hermana estúpida y meretriz de la reflexión profunda, que aspira a ser gran señora de la sociedad pero solo ofrece espectáculo barato. Mientras la verdadera filosofía busca comprender y transformar, la poesía mediocre solo quiere que aplaudamos su drama.

Observemos a Bukowski y sus devotos. “La inteligencia causa sufrimiento”, repiten como mantra sagrado. Qué conveniente excusa para quien nunca ha tenido inteligencia suficiente que lo atormente. El estúpido se convence de que su infelicidad es prueba de profundidad: “Soy muy infeliz porque soy muy inteligente”. Nada más falso. La inteligencia verdadera no solo ve los problemas con mayor claridad; también encuentra soluciones o, al menos, la serenidad estoica para aceptar lo que no depende de nosotros. El sufrimiento del mediocre no proviene de la inteligencia, sino del presentimiento nauseabundo de su propia inutilidad. Sabe —en el fondo— que es un problema más en un mundo que ya tiene demasiados.

Contrastemos esto con lo que el arte debería ser: artesanía elevada, estética al servicio del espíritu humano. El verdadero artista domina una técnica, la pone al servicio de un propósito que trasciende su ego. No romantiza su fracaso; lo supera. No se embriaga de vapores; se embriaga de trabajo. No denuncia desde el sofá; denuncia con las manos manchadas de material. El arte auténtico es refugio y arma, sí, pero solo cuando quien lo crea ha luchado primero contra su propia mediocridad.

En los pasillos de las universidades aún se tropieza uno con esos bufones trágicos: el poeta con tufo a vino barato que repite los mismos versos a todas las muchachas, egocéntrico, infantil, vanidoso y superficial. Cree que su incapacidad para producir resultados es prueba de grandeza. No es. Es prueba de que ha elegido la comodidad del cliché sobre la exigencia del oficio.

La romantización de la mediocridad no solo pervierte el concepto de arte; corrompe el propósito humano. Nos hace creer que basta con sentir y lamentarse para ser “artista”. Nos exime de la disciplina, del oficio, de la responsabilidad. Y mientras tanto, los verdaderos creadores —aquellos que fusionan estética, técnica y espíritu— avanzan en silencio, construyendo el futuro con artesanía real y tecnología al servicio del ser humano.

Es hora de desnudar al poeta falso. No porque odiemos la poesía, sino porque amamos el arte. El auténtico. Ese que no romantiza la debilidad, sino que la vence. El que no adorna la mentira, sino que revela la verdad. El que no busca aplausos por su sufrimiento, sino respeto por su obra.

Porque el espíritu humano no se salva con versos ebrios. Se salva con manos que crean.

Ahí va el bohemio adornado

Qué hoy ha escrito un poema

Para la chica de al lado

Lo recita con voz de terciopelo

Con el que ha enamorado

Despues de un largo desvelo

A una que cobra al contado

Y luego de ir a la cama

El poeta se ha encaprichado

Ahí va el gran poeta, y detrás suyo el oide intelectual, el pensador subnormal.


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